November 11, 2023 11:07
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Esta glorificación del cambio en sí mismo como último escalón del “que se vayan todos” es el “que venga cualquiera”. Y nótese que aunque parece lo mismo, o una consecuencia directa, no lo es. De hecho, podría decirse que la crisis de representación de 2001 no fomentaba “que venga cualquiera”. En todo caso, afirmaba que los que estaban eran responsables y que lo que tenía que venir era mejor. Tenía que ser distinto y mejor, no cualquiera. Si el resultado nos gustó más o menos es otra cosa pero mucha gente, al menos hasta el 2015, creyó que lo que vino fue mejor. Ocho años y dos malos gobiernos después, el escenario es otro. De aquí que podría decirse que hoy hemos trepado, o descendido, según como se lo mire, claro está, un escalón más en la degradación del sistema y la crisis de representación. Como cualquier cosa es mejor que lo que hay, se equivocan quienes consideran que la ruptura del sentido común, la racionalidad y todos los consensos democráticos básicos que realiza Milei y su tropa suponen un costo político para su espacio. Es al revés, justamente: es porque rompen con todo que son votados. Entonces ni siquiera hace falta una promesa de futuro o una esperanza. Alcanza con prometer que lo que hay ya no va a estar. Lo decía Milei en la entrevista donde él confiesa pretender que estalle todo. Allí, cuando el periodista le responde que eso perjudicaría a mucha gente, especialmente a los que menos tienen, Milei lo acepta pero agrega que, si bien será así, al menos, esta vez, también pagará el estallido la casta privilegiada. Sabemos que esto es falso pero va en línea con el sentir de mucha gente que cree no tener nada que perder, y lo único que quiere es igualdad en el desamparo. No es una promesa de estar mejor sino una certeza de que todos van a estar tan mal como ellos. En este sentido, la “justicia social” de Milei, que no es, claro está, la abrazada por el peronismo, es una revancha contra determinados privilegios. Es un “yo me voy a hacer mierda pero ustedes también”. Read more
Esta glorificación del cambio en sí mismo como último escalón del “que se vayan todos” es el “que venga cualquiera”. Y nótese que aunque parece lo mismo, o una consecuencia directa, no lo es. De hecho, podría decirse que la crisis de representación de 2001 no fomentaba “que venga cualquiera”. En todo caso, afirmaba que los que estaban eran responsables y que lo que tenía que venir era mejor. Tenía que ser distinto y mejor, no cualquiera. Si el resultado nos gustó más o menos es otra cosa pero mucha gente, al menos hasta el 2015, creyó que lo que vino fue mejor. Ocho años y dos malos gobiernos después, el escenario es otro. De aquí que podría decirse que hoy hemos trepado, o descendido, según como se lo mire, claro está, un escalón más en la degradación del sistema y la crisis de representación. Como cualquier cosa es mejor que lo que hay, se equivocan quienes consideran que la ruptura del sentido común, la racionalidad y todos los consensos democráticos básicos que realiza Milei y su tropa suponen un costo político para su espacio. Es al revés, justamente: es porque rompen con todo que son votados. Entonces ni siquiera hace falta una promesa de futuro o una esperanza. Alcanza con prometer que lo que hay ya no va a estar. Lo decía Milei en la entrevista donde él confiesa pretender que estalle todo. Allí, cuando el periodista le responde que eso perjudicaría a mucha gente, especialmente a los que menos tienen, Milei lo acepta pero agrega que, si bien será así, al menos, esta vez, también pagará el estallido la casta privilegiada. Sabemos que esto es falso pero va en línea con el sentir de mucha gente que cree no tener nada que perder, y lo único que quiere es igualdad en el desamparo. No es una promesa de estar mejor sino una certeza de que todos van a estar tan mal como ellos. En este sentido, la “justicia social” de Milei, que no es, claro está, la abrazada por el peronismo, es una revancha contra determinados privilegios. Es un “yo me voy a hacer mierda pero ustedes también”.